De algunas amigas y de varias pacientes se desprende esta
inquietud, necesidad y urgencia por reflexionar e indagar sobre el encuentro, o
como a muchos gusta decir desencuentro, que hay entre mujeres y ciertas. o
muchas, figuras masculinas que encarnan, lo que no dudan en llamar, actitudes y
expresiones machistas. Una, la amiga, en larga conversación, termina por
expresar, y quizá por concluir, que es tan alto el número de hombres machistas
que es difícil no encontrarse en algún momento y en los diversos espacios
sociales con ellos, con sus expresiones y comportamientos violentos. Justo esta
amiga preguntaba por la existencia de un psicoanálisis con perspectiva de
género. Claro, ella es una mujer involucrada en los debates, quehaceres y
luchas feministas. Posición que ha tenido sus costos al momento de enfrentarse
a una pareja profundamente machista.
Otras, jóvenes pacientes, no dejan de traer a las sesiones
las escenas que viven o de las que son testigos con hombres machistas. Se trata
del papá, el novio o esposo pero también del hermano, el tío, el amigo, el
profesor, el compañero de trabajo o el jefe. Figuras todas que están en el
ámbito de lo familiar, de los cercanos, que algo saben de sus historias, que
guardan una relación con cada una de ellas donde algún aspecto de su intimidad
(su infancia, su sexualidad, sus sueños, sus aspiraciones, su intelectualidad,
sus quehaceres, su salud) ha sido compartido a la vez que usado para
descalificarlas, humillarlas, someterlas, controlarlas, violentarlas física,
emocional y económicamente, acosarlas o abusarlas sexualmente y, no pocas
veces, hasta acabar con su vida.
Las cifras: en 2019, y por razones de
género, en México fueron asesinadas 976 mujeres. Lo que representa 81
feminicidios en promedio por mes. Año también en el que la ONU dice que 19.2
millones de mujeres fueron, en algún momento de su vida, sometidas a algún tipo
de intimidación: hostigamiento, acoso o abuso sexual. En 2018 se registraron
711,226 delitos sexuales contra mujeres; de esos 40,303 fueron violación sexual
y el restante 682,342 se trató de hostigamiento, manoseo, exhibicionismo o
intento de violación. Entre enero y febrero de 2020, en México, se cometieron
632 crímenes contra mujeres, de los cuales 466 fueron clasificados como
homicidios dolosos y 166 como feminicidios.
Socialmente y por algún momento, hemos quedado
conmocionados por el feminicidio de Ingrid Escamilla, que fue desollada por su
pareja en CDMX. Así como por una niña de siete años, Fátima, secuestrada y
asesinada también en CDMX Y el caso Ximena, joven colombiana, estudiante de
medicina, asesina brutalmente en Puebla. Se trata de casos de mujeres que van
en aumento, que no dejan de lacerar los lazos sociales pero cuyo impacto es
encapsulado rápidamente para poder “continuar con la vida”, porque además
sabemos que no tardará en hacerse presente otro caso que venga a recordamos las
violencias en las que estamos sumergidos. Justo por estos días aparece en presa
y redes sociales el asesinato de Jessica González Villaseñor, joven de 21 años,
cuyo presunto responsable es un joven de 18 años, en Michoacán.
La pandemia indudablemente ha tenido efectos. Pero entre
los primeros que se comenzaron a registrar fue el aumento de violencia
domestica por las restricciones de movimiento, las dificultades financieras y
por la incertidumbre sobre el retorno a la normalidad. Normalidad que para
muchas solo representa la posibilidad de ciertas bocanadas de aire en esa
violencia que no deja de inundar sus espacios.
Cifras que son aterradoras porque además podríamos
continuar con ellas hasta el agotamiento físico y psíquico. Porque se trata de
un elemento que aplasta todo registro, toda dimensión. Lo familiar, lo laboral,
lo educativo y los espacios públicos, quedándose las mujeres sin referentes
concretos y simbólicos del cual sostenerse.
La clínica psicoanalítica hace un registro diferente de
muchos de estos casos. Pero no se puede dejar de admitir que estos casos de
mujeres que acuden a los diversos dispositivos psicoanalíticos no dejan de
estar contenidos en las aplastantes cifras estadísticas. Registros diferentes y
de tratamiento distinto con y en los cuales se evidencia un fenómeno, que como
ya hemos dicho, desgarra los lazos sociales.
Y es en la particularidad del quehacer clínico donde escuchamos
ciertos ecos y resonancias de la violencia ejercida por hombres en mujeres así
como sus efectos. Pero ecos y
resonancias no siempre resulta suficiente, en algo suficiente, para indicar lo
estruendoso en que pueden resultar dichas escenas. Al punto que algunas de
ellas ven como única oportunidad de sobrevivencia huir del lugar que se supone
su hogar, de sus comunidades o barrios, de los espacios que suelen habitar, de
su universidad o sus trabajos. Lo que para muchas también representa serias
fracturas con sus vínculos familiares, sus amistades, sus relaciones laborales
e incluso su espacio analítico.
La humillación, hostigamiento, acoso, violencia física y
psicológica, así como las amenazas de muerte pueden ser tal que estas mujeres
se viven perseguidas o invadidas, al punto que consideran que su vida depende,
no sin razones, de desanudar sus lazos e iniciar el éxodo para averiguar si hay
la posibilidad de recuperar su vida. Desterrarse para tratar de sobrevivir.
Porque justo han quedado inmersas en espacios
enloquecedores, que quiebran sus recursos psíquicos, no sin antes su fuerza
física, para hacer frente a situaciones que no cesan de violentarlas. En cada
paso, en cada prenda, en cada mirada, en todo quehacer del hogar, en la forma
en que educan a sus hijos, en cada intento por expresar una opinión, en el
esfuerzo por ganarse un dinero, en todo acto que implique que asome algo de su
potencial para la independencia, en cada actuar que implique poder en algo
ejercer su libertad.
Pienso en estos espacios como algo que enloquece porque
por su incesante actuar agotan los recursos psíquicos. Pero también tengo en
mente esa distinción que hay entre la locura y la psicosis a partir de los
desarrollos de Maleval, pues no se trataría de lo mismo. Así como las
discusiones en torno a la relación neurosis-psicosis, como si se tratará de que
el agotamiento de las defensas permitiría el paso de lo neurótico a lo
psicótico (Escobar, 2018).
Se trataría más bien de que ciertas posiciones subjetivas
enloquecen, sin que esto signifique que se esté develando una estructura
psicótica, por la incesante violencia que se ejerce contra las sujetos en
cuestión. Exponerlo así no deja de tener sus dificultades porque siempre hay
quienes toman ciertos elementos que terminan por tergiversar los argumentos,
como si de mujeres locas se tratara y además como estrategia descalificadora.
Me resulta importante el planteamiento de Davoine y Gaudillière
(2011), cuando dicen que hay que hablar deliberadamente de la locura, pero no
como una palabra con la cual se busca designar la estructura de un sujeto sino
como “una forma de lazo social en una situación extrema” (p. 29). Y aunque
ellos piensan en las guerras –mundiales, civiles, étnicas, de descolonización–
como esas circunstancias extremas, que al desmoronar todas las referencias hace
que surjan lazos por fuera de la norma, como eso que hay que hacer para poder
sobrevivir.
Y es que el machismo enloquece, pero no solamente a las
mujeres. Se convierte muchas veces en situaciones extremas ante las cuales,
algunas, algo pueden hacer para sobrevivir, no sin heridas y renuncias,
incluso, como ya hemos dicho, desterrándose. Pero muchas otras no, quedan
agotadas física y psíquicamente que ya no les es posible ningún movimiento,
quedan aterradas y sin lugar a dónde ir.
Pero no solo a ellas porque en ese desgarramiento de los
lazos sociales nos vemos inmiscuidos entre la defensa de los derechos frente a
las acciones que se despliegan para conservar privilegios, que como bien nos ha
mostrado el feminismo, son sostenidos y solapados por el patriarcado.
Ahora como en los tiempos de Freud, como en muchos otros
tiempos de la historia, no dejan de haber estrategias que descalifiquen el
malestar, el dolor y sufrimiento de quienes son sometidos; lugar en el que
indudablemente se ha colocado a las mujeres. Porque además su malestar y sus reclamos
son posiciones que también denuncian las estructuras sociales en las que es
posible su sometimiento y control, que tiene por reverso los privilegios, de
diferente índole y alcance, para una gran mayoría de varones que pretenden
encarnar y representar la virilidad, la heterosexualidad, la fuerza, la razón y
el poder.
Es indudable la relación que el psicoanálisis guarda con
las mujeres y lo femenino. De hecho podría decirse que el psicoanálisis es
desde las coordenadas de lo femenino. No un feminismo. Pues justo habría que
reconocer esa diferencia. Se trata de un método de investigación, una forma de
tratamiento y una construcción teórica que en la cual como “en ningún otro
campo del saber han estado las mujeres tan presentes y activas […] En el papel
de paciente, terapeuta, teórica, estudiosa, o simplemente interlocutora, lo
cierto es que han participado siempre como protagonistas. En la actualidad, su
presencia es preponderante en todas las sociedades psicoanalíticas”. (Vegetti,
2002. 13).
Decía Paul B. Preciado (2019), hace no mucho, que
seguimos hablando de la mujer de manera condescendiente, como si estuviéramos
todavía en 1917, como un anexo o nota en pie de página. Como si no se tratará
de un sujeto político de pleno derecho. Pero es que todavía, en pleno 2020, las
pacientes y amigas, asumidas feministas o no, no dejan de denunciar con su malestar
y dolor las diversas estrategias de control y sometimiento.
Y al interior del psicoanálisis, tal como Preciado
señala, así lo entiendo, no renunciamos a los significantes patriarcales que no
dejan de tener efectos en la elaboración teórica y que amparan las formas que
tenemos de intervenir en el proceso analítico. ¿Seremos cómplices, como
Preciado dice, del patriarcado y por ende del machismo? ¿Cómo intervenimos ante
la narración de los actos de violencia que son llevados a los diversos
dispositivos psicoanalíticos?
Contamos con un
complejo cuerpo teórico con el que podemos dar cuenta de los procesos de
subjetivación. Dialogamos con otros saberes que también mucho tienen que decir
sobre la subjetividad y los procesos sociales. Es común que encontremos en las
diferentes reflexiones y procesos de formación psicoanalítica el nombre de
filósofos, generalmente varones, para entablar estos diálogos y tratar de
elucidar algo sobre la condición humana.
Sin embargo, y a pesar de contar con diferentes esfuerzos,
incluso desde las primeras discípulas de Freud, los estudios de género no
suelen ser habituales en los espacios de formación. Lo que de alguna manera
evidencia su relevancia o su no relevancia para acompañar los tiempos de
formación de los psicoanalistas.
Ya no se diga la falta de investigaciones y trabajo, como
señala Bochar (2018), para analizar la incidencia del género en la práctica de
los y las psicoanalistas. Sobre la falta de indagación de las relaciones de
género en el consultorio y de las dificultades que hay para considerarlo, al
género, como una categoría de análisis.
De no prestar atención a las aportaciones de los estudios
de género, la tendencia a naturalizar determinadas formas de violencia, como la
machista, continuara, patologizando al agresor
y/o a las agredidas.
Psic. Mauro Cruz Mtz. Psicólogo & Psicoanalista. Especializado
en atención de adolescentes, jóvenes y adultos. Autor y coautor en diferentes
revistas y libros sobre Psicología y Psicoanálisis.
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